Vivimos en la etapa de "yo no creo en el amor, yo soy capaz de no sentir". Creo que si Empédocles levantara la cabeza, se sentiría igual de confuso que yo. Para él, hay dos fuerzas que mueven el mundo: el amor y el odio. El amor, parece ser, bien que lo menospreciamos, ni lo tomamos en serio, ala, a la torera. Promesas de amor tintadas de hipocresía. Pero de odio bien que sabemos. Es gracioso. El amor es un sentimiento que nos hace sentir bienestar, el odio, todo lo contrario (venganza aparte). Pero tenemos lo que hay que tener, y nos aplaudimos por ello, de ser capaces de prometer pseudoamor a la cara, y luego esconder verdadero odio a las espaldas, que muchas veces se dualizan en una misma situación.
Supongo que el huracán del ego es el que arrasa con todas las promesas. Cuando vemos que lo que prometimos llega un momento que no nos interesa, ya puede haber un día completamente soleado que habrá huracán a gusto del individuo. De golpe. A apagar el fuego de una sola vez. Y eso es controlable si es un conato pequeño. Pero siempre llegará el momento en que sean hectáreas y hectáreas de fuego... y será tan incontrolable que te quemarás tú solo intentando apagarlo.

Vivimos en la sociedad de los brutos. De decir que sí a todo, de intentar venderle nuestro piso "lujoso" a personas que al principio no están convencidas, y, por ello, utilizar el chantaje emocional de "puede que en un futuro te arrepientas". Pero ese piso "lujoso" no es más que el desván de un piso abandonado de aquel pueblo de quién sabe dónde. Prometemos cosas que no tenemos, muchas veces, que sabemos que no vamos a tener. Y no lo he entendido. Es cierto que a veces prometemos cosas y luego nos sale mal, pero créanme cuando se nota cuando alguien se equivoca, y cuando se nota que el ego de una persona es tan, tan grande, que posee su propia gravedad, arrastrando todo a su alrededor y engulléndolo como un agujero negro. Espero que ese agujero negro sea lo suficientemente amplio como para que los mismos individuos se absorban en ellos mismos, y vean lo mal que se siente caer en las garras del egoísmo ajeno, del engaño, de la hipocresía.
Digamos que esta entrada no es más que mi despedida del año y mi agujero negro, ese agujero que acaba de engullir a todas esas personas que espero que se queden absorbidas en este 2014, que sean, simplemente, cicatrices del pasado.
Sólo espero que este 2015, las sonrisas, la esperanza, el ímpetu o la alegría no caigan en sacos rotos o organismos alérgicos a los mismos.

