El soldado me miró antes de disparar. Sus ojos estaban rojos y aullaban ayuda y desesperación. Sentía que me pedía algo, y, aunque gritos y gritos me rodeaban junto con el sonoro estruendo de balas de cañón, yo sólo oía el futuro lleno de compañeros de la víctima.
Él seguía ahí mirándome, aunque yo apartaba la mirada para no hacerme cómplice suyo. Sus ojos rogaban salida, escapatoria, final. Su víctima, arrodillada en el suelo, con la cabeza sobre las manos mirando al suelo, esperaba su liquidación entre lágrimas.
Él no podía con su propio rifle. Podría decir que pesaba casi lo mismo que él. Venía con él hacia mi. No hablábamos el mismo idioma, pero hizo ademán de hablar como el mío.
-Pegar tu tiro al suelo y fingir mi muerte para librar yo de guerra. Tu tener cara de bueno conmigo. Por favor.
Yo no podía decirle que no. Y menos, cuando me acordé de mi hijo de más o menos nueve años -como él- jugando con su pequeño caballito mientras Ella se despedía de mi. Recuerdo sus últimas palabras; 'adiós papa, espero volver a verte pronto' . De repente, el niño se tiró al suelo, y entre lágrimas me guiñó un ojo. Yo disparé al cielo y todo calló. Cogí el falso cadáver y lo metí en el coche patrulla. Escapé con él.
-Ruhig, von nun an wird alles gut werden*- le dije en su lengua. Él respondió entre suspiros con una sonrisa.
*Tranquilo, a partir de ahora todo irá bien. (Alemán)