Soy esa barrendera
de las fiestas a las que nunca acudí.
Amanecía, mi gélido despertar coincidía
con la llegada a la cama de unos tantos.
Muchos de ellos no dormirían solos,
entre las sábanas,
la juventud, la ignorancia y el deseo en forma de caderas,
de abdominales, de imperfecciones, de falsos futuros
les acompañarían.
El sol, mi comienzo,
y la despedida de otros cuantos.
Aún se palpaba la resaca
de los cuerpos que nunca consiguieron.
Caminaba. Cristales, vasos, botellas
llenas a la mitad, llenas de inconsciencia, de labios,
de "tú".
Al llegar aún algunos valientes permanecían
poseídos por sus pies, en la pista
de baile que nunca existió.
Improvisada. Como yo aquel día, con mi pala y con mi escoba.
Uniforme y decidida. Clavada y asustada.
Se olían las sonrisas. Las ganas codiciadas.
La pasión, la lujuria, el falso encanto.
Todo era muy hipócrita.
Caretas vestidas de corbata, antifaces con tacones.
Burkas fabricados con tres copas de whiskey.
Que no se noten quiénes eran.
Y así fue la fiesta.
A la que nunca asistí.
Mi pala, mi escoba y yo
sacamos y limpiamos de aquel mustio local
todos los corazones rotos,
las pasiones estancadas,
las resacas de cuerpos no conseguidos,
las ganas codiciadas,
el baile que nunca existió.
Pero también me saqué a mí.
Y también te saqué a ti. Y bailamos.
Con resaca, con ganas, con la pasión estancada,
con el corazón roto.
Y yo, con el burka tan denso
que no me permitió ni que tu sonrisa
ni tus palabras, ni tu encanto
ni tu hipocresía
volviera a atravesarme algo más allá de la vista.
Soy esa barrendera
de tu fiesta.
de tu fiesta.
A la que ya,
ni hoy,
ni mañana,
acudo.