Ya caían las últimas gotas frías del rocío de aquella mañana. Parecía que el sol intentaba escalar las ramas de algunos árboles de aquel húmedo bosque. Los rayos de sol, se colaban traviesos entre sus hojas. Él estaba allí. Con sus ojos de párpados arrugados y cerrados y una suave sonrisa, señalando con ésta aquel matutino paisaje. Se encontraba sentado en su vieja mecedora, a la espera de su mujer, la que, todas las mañanas, le traía siempre aquella taza de leche y aquel par de galletitas dulces, aquellas que el hombre echaba en falta cuando se habían acabado en sus arrebatos de la noche anterior.
Ella no llegaba. Ya el sol había escalado todas las ramas hasta llegar a las copas de los árboles. Él, preocupado, entró lo más apresurado que pudo a la casa. No estaba en la cocina. Ni en el salón. Ni en el comedor, ese lugar que tanto le gustaba a ella para descansar junto con un buen libro en aquella chimenea durante ese frío mes de enero. Cuando se disponía a buscar en el patio interior, se la encontró tumbada en su cama, -aún sin levantarse- ardiendo en aquella fiebre tan poco común en ella, ya que llevaba una vida bastante saludable y no solía enfermar fácilmente. Llamó al número de urgencias para llevarla al hospital, y en menos de diez minutos se encontraba encamando a su esposa en la puerta de la ambulancia.
Fue con Ella durante todo el trayecto. No se despertaba ni decía nada, aunque alguna vez se le escapaba algún gemido de dolor y le entraba algo de tos.
Al llegar al hospital, los médicos le dijeron a Él que no era nada grave, una simple fiebre que suele aparecer en personas mayores, pero que se recuperaría. Él bajó su nivel de ansiedad al oír esto, aunque decidió pasar el día y la noche allí con Ella.
A las pocas horas de caer el sol, ella despertó, y, aunque casi no pudiera, le pidió a Él que la sentara en una silla mirando hacia la ventana, que daba a la plena ciudad iluminada, donde miles de personas vivían con velocidad y frustración su vida.
Ésto pasaba noche tras noche, durante más o menos, una semana. Ya más o menos estaba bien, pero los médicos querían que reposara en un ambiente un poco más cálido.
Él se quedaba todas las noches con Ella, muchas sin dormir, en vigilo.
El octavo día la cosa pareció ir a peor. Se despertó con muchísima fiebre, casi asfixiada, sudando, respirando bruscamente, hasta que llegó un momento que paró y sufrió un infarto. Los médicos llegaron corriendo, la reanimaron, pero sólo consiguieron dejarla en coma.
Él pasaba días y noches, mirando por la ventana la plena ciudad iluminada. Relajado, cogiendo la mano de su mujer.
A la quinta noche despertó. Él apresurado, pero feliz, fue a avisar a los médicos. Pero Ella la frenó. Ella no quería seguir como estaba. Ella quería romper las barreras del cielo. Él no quería, pero era su voluntad. Le quería demasiado. Entonces cogió la mano de Ella. Cerró los ojos. Miraron por la ventana.
- Es una noche preciosa. Está todo el cielo estrellado. - dijo Ella.
- Bueno.. antes de que sigas con esto, quiero recordarte todos esos momentos en los que estuve contigo. Me di cuenta de lo buena persona que eras en un mundo donde la gente solo decía lo que quería...Me percataba de que algo pequeño te sucediera, que me atormente por no poderte haber ayudado antes...que me alegre de que siempre sonreías porque a pesar de todo ERAS FELIZ, y que se que ERES FELIZ en estos momentos, que ahora mismo estas con esa sonrisa, que siempre te he dicho que me encanta.
Él pasaba días y noches, mirando por la ventana la plena ciudad iluminada. Relajado, cogiendo la mano de su mujer.
A la quinta noche despertó. Él apresurado, pero feliz, fue a avisar a los médicos. Pero Ella la frenó. Ella no quería seguir como estaba. Ella quería romper las barreras del cielo. Él no quería, pero era su voluntad. Le quería demasiado. Entonces cogió la mano de Ella. Cerró los ojos. Miraron por la ventana.
- Es una noche preciosa. Está todo el cielo estrellado. - dijo Ella.
- Bueno.. antes de que sigas con esto, quiero recordarte todos esos momentos en los que estuve contigo. Me di cuenta de lo buena persona que eras en un mundo donde la gente solo decía lo que quería...Me percataba de que algo pequeño te sucediera, que me atormente por no poderte haber ayudado antes...que me alegre de que siempre sonreías porque a pesar de todo ERAS FELIZ, y que se que ERES FELIZ en estos momentos, que ahora mismo estas con esa sonrisa, que siempre te he dicho que me encanta.
Eres una de las pocas personas que bajaria el cielo a la tierra por algo o alguien. Quiero saber como estarás allá arriba. Llámame, cuando toques las puertas del cielo.
Ella estaba con los ojos cerrados. El sonido del pulsómetro marcaba ese pitido que para muchos era horrible, pero que para Ella significaba descanso. Y para Él, el comienzo de una nueva y dura etapa.