Cosas que recordar cuando tengas 70 años (1)

30.12.12


 Anoche tuve un sueño extraño. En otros países, como a mí me gustan. 

          Íbamos con los profesores del viaje a Londres a realizar otro viaje de fin de curso, pero esta vez a Japón. Al llegar al hotel (que eso ni parecía un hotel, dado que tenía la infraestructura de un metro) una amiga y yo, que nos quedábamos en la misma habitación tuvimos que ir preguntando en inglés que dónde se cogía el metro número no se qué para llegar a nuestra habitación.
Pero nadie nos entendía. Es más, nos miraban mal. Aunque tuvimos la buena suerte de que un hombre se rió y nos mandó fuera de la estación. Había un muelle. Entonces comprendimos que lo que estaba enfrente era Japón, y que nosotras estábamos en China. Un hombre amablemente se ofreció a llevarnos en su barca, lo cual me alegré bastante. Con todas las leyendas de monstruos marinos que azotaban los mares de Japón... me alivió saber que no iba a tocar el agua. Pero la barca, no sé por qué iba vertical, por lo que yo me caí, y le grité a mi amiga para que se pararan, pero no me hizo caso. Otro amigo, apareció de repente. Me dijo que nadara, que no era tanto y que no mirara al fondo del mar. -Dios, con el miedo que me da a mí mirar abajo a ver que sale incluso en el agua de Tenerife-. Sin embargo, mi perspicacia natural miró hacia abajo, y lo que vi... Madre mía lo que vi. Eran zanahorias,
a millones, nadando en el agua. Tenían cola. Yo miraba hacia abajo pero seguía avanzando, hasta que choqué con un trozo de muelle
que abrió un ojo. Como no quise que mi nombre cayera en ninguna leyenda japonesa de que los abuelos cuentan a sus nietos para meter 
miedo, no quise comprobar nada. Seguí adelante. Pero antes de llegar, cuando me hundí y subí a coger aire, abrí los ojos y vi que estábamos en un hotel, en lo cual el profesor de inglés decía que dejáramos las maletas allí y fuéramos hacia fuera, donde nos esperaba un barco para llevarnos a Nueva York, desde Japón.   


          En el punto donde estábamos, podíamos ver la estatua de la Libertad.
Sin embargo, cuando salimos, bajamos unas escaleras que se encontraban en un barranco. Al final de estas escaleras bajaba Kobe Bryant a toda pastilla entrando en un cuarto, un cuarto igual que mi cuarto de estudio. No soy muy fan del baloncesto, así que no tenía muy claro que era él, por lo que pasé de largo con cara de extrañada. Nos montamos en un Fred Olsen (Barco que hace travesías insulares en Canarias) y nos dispusimos a ir a como decía Frank Sinatra, 'La ciudad que nunca duerme', Nueva York. Pero había tormenta, y yo y un chico que no tenía ni idea de quién era, salimos disparados del barco en una ola de grandes dimensiones. Había mucha gente nadando, aunque se les veía tranquilos. Como si lo hicieran todos los días. Sin embargo, vi a un niño pequeño, rondaría los 7 años, y le dije que como podía estar en el agua, nadando con esta tormenta. Él me contó una historia aterradora. Sus padres le abandonaron a él, el cual tenía que vivir sólo desde que era un bebé en una casa particular. Años después, un recién nacido llegó a su casa, al portal. Era una niña, su hermana, a la que sus padres habían abandonado también. El lleva cuidándola cuatro años y tuvo que madurar muy muy antes de tiempo. En ese momento siguió hablando pero vi una guagua y le dije que cogiera a
hermana. Aprovechamos que una turista -o una inglesa, ahí los turistas seríamos nosotros- salía para sacar el agua del un microbus, y entramos a todo meter hacia dentro. Yo me sentía en ese momento una madre, cuidando a un niño de 7 años y a su hermana de 4. Entramos a una especie de centro acuático, por lo que compré un par de golosinas, (lo cual me hizo pelear con la dependienta, dios mío, dos bolsas de conguitos quince euros) y me ofrecí a comprarle unas golosinas a los niños, que vinieron con una caja de pulpos,
atún y dos ensaladas. Extraño, la verdad. Estuve con ellos dando una vuelta por el centro comercial, y entonces el niño me dijo que quería un trabajo. Yo le veía extremadamente pequeño para ello, pero bueno, era como si su mente fuera de alguien de 30 años, así que no era nadie para quitarle esa idea de la cabeza. Estaba en la zona de embutidos, y, a veces, cuando la jefa no miraba, se comía dos o tres lonchas de queso, que le encantaba. Yo lo miraba con la hermana en mis brazos. Una de éstas la jefa le vio y le empezó a gritar,
a mí y a él, mientras que él decía que él no comía queso. Le dije al niño en el oído que le dijera que el queso le daba alergia, y que se lo siguiera comiendo, era una vieja amargada y mala, como la señora Trunchbull en Matilda. Él se rió y lo dejé sólo.  
                                        


          Comencé a dar vueltas, y ver habitaciones. De repente, entré en la misma habitación en la cual se había metido Kobe Bryant. Y ahí estaba él. Entonces, yo, con mi inglés de sueño, es decir, cutre a más no poder, le dije; 'Are you Kobe Bryant, aren't you?' que fue lo que recordé de mis clases con Cristina, lo poco que me acuerdo de esas clases. Entonces el me contestó que lo era, y me asintió con la cabeza. Acto seguido le pedí un autógrafo, y como no me acordaba como se decía autógrafo dije algo tan raro como siniestro. Desde que me dijo que sí, corrí a coger un papel a otra habitación. Los papeles eran de actividades de inglés, donde entraban todos los nombres de compañeros de mi clase. Cogí todos y me puse a ver cuáles estaban más en blanco. Al final, cogí uno al azar. Entonces Kobe Bryant me empezó a hablar en español. Mi cara; O____O. Le dije, en palabras textuales: ''Chacho, y yo comiéndome la cabeza para hablar inglés, que líooo''. Entonces el se rió y me dijo que hablara en inglés que tenía que fomentarlo. De repente, serio, se levantó, salió fuera, cogió un montón de pájaros diferentes y los metió en una habitación contigua, con ventanales, que también era de mi casa, pero bueno. Se volvió a sentar. Yo no pregunté, pero me quedé en shock. Mientras me firmaba el papel, le dije que los próximos papeles que iba a firmar serían los de nuestra boda. Lo peor es que me miró riéndose y asintiendo. De repente, su cara pasó a desafiante. Pero no desafiante de mala, sino desafiante tipo mirada de los modelos de la Abercrombie. Fue algo tipo así:


       

             Pobrecito, porque todavía no me he encontrado con Ewan McGregor, o Will Smith. Él no sería el primero. 

            Salí súper contenta con mi autógrafo y mi conocimiento sobre mi próximo marido. Entré en otra habitación que se supone que era la casa de una amiga. La madre no podía estar con el padre porque su piel sufría una reacción alérgica a hombres. Yo no dije nada, pero a medida
que iba caminando la casa era más extraña. Pero, lo más extraño que pude ver, fue una macropiscina de plástico llena de las zanahorias con cola,
que se sujetaba en cuatro columnas de sillas de 3 sillas apiladas una encima de otra. Entonces para disimular me giré y miré por la ventana del pasillo. Venía un tsunami. Con millones de zanahorias. Justo ahí, me desperté.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho tu blog. Sigue así, no cambies.
    Tu tía Mª del Cristo.

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