domingo, 19 de abril de 2015

Un buen final sería que nos enterraran debajo del cemento

Como si de una película se tratase. Quizás muy surrealista. Quizás mi noción literaria de la realidad hayan sido las gafas perfectas para ver aquella historia como un relato digno de postrar en el séptimo arte, digno de la capacidad de relacionar realidad con ficción de Kubrick, la espontaneidad de Hitchcock o la genialidad de Spielberg. Pero digno, sobre todo, del placer de dejar finales abiertos de Yann Samuell.

Momento exacto, lugar exacto, palabras exactas o día exacto. Quién sabe. Tan solo caminar en aquellas noches, me hacía darme de bruces con que no me encontraba en una avenida parisina, en una película francesa, de esas que tienen un no se qué que qué sé yo y que no sabes decir que tienen exactamente, que te hacen sentir. No sabes decir lo que te gusta. Pero sabes que es así. Y es lo que importa. Y tú, eres mi película francesa.

Me faltó valor para, muchas veces, plantarme en donde fuera con tal de ti. Supongo que nunca podría haber sido Woody Allen porque supuse que no podrías ser mi Annie Hall. Pero la vida es oportunista, no me da la gana que los trenes se vayan. Es mi realidad, nuestra realidad, y somos capaces de parar trenes con palabras, con susurros, con caricias y, como no, con dos gritos bien dados y con inundaciones por lágrimas de sentimientos enclaustrados en nuestro ser.

El momento estrella de la película es cuando se que te cojo la mano, cuando subimos aquellas escaleras que no sabíamos a dónde conducían pero nuestra rozagante y vivaz incertidumbre tiraba de nosotros más allá de nuestro miedo. Eran escaleras infinitas, que solo acababan cuando el mundo se iba a dormir, pero tú y yo, a escondidas del destino, nos quedábamos despiertos. Un rato en las alturas para intentar ser feliz.

Supongo que la traba de las películas es que muchas veces es fruto del deseo de producción, y no de dirección. Pensemos que producción es nuestros miedos; los que manejan todo el capital de nuestra película, de nuestra vida, de nuestra realidad, y que por tanto, quieren sacar bote de ello. Es el deseo pues, de producción, de ese miedo real el que cambia y tergiversa la película. El miedo a que salga mal, a que no sea un éxito. Pero me da igual.

Seré yo quien eliminé producción, y haré una película de bajo coste, que no gustará a nadie por su poco presupuesto. Pero en la que trabajaré más que nunca; lucharé más que nunca; me inspiraré más que nunca... porque esta película ha de ser mi éxito. Ha de ser un éxito para nosotros. Escribamos un guión absurdo, que más da. En la película lo escribimos, en la película somos reales, somos nosotros... 

Lo siento, destino; contradestino. Mi próxima vida la pongo a tu disposición: te la regalo. Pero esta.. no es para ti. Elijo ser un taquillazo.

lunes, 19 de enero de 2015

Barrendera

Soy esa barrendera
de las fiestas a las que nunca acudí.

Amanecía, mi gélido despertar coincidía
con la llegada a la cama de unos tantos.
Muchos de ellos no dormirían solos,
entre las sábanas, 
la juventud, la ignorancia y el deseo en forma de caderas,
de abdominales, de imperfecciones, de falsos futuros
les acompañarían.

El sol, mi comienzo, 
y la despedida de otros cuantos.
Aún se palpaba la resaca
de los cuerpos que nunca consiguieron.
Caminaba. Cristales, vasos, botellas
llenas a la mitad, llenas de inconsciencia, de labios,
de "tú".

Al llegar aún algunos valientes permanecían
poseídos por sus pies, en la pista
de baile que nunca existió.
Improvisada. Como yo aquel día, con mi pala y con mi escoba.
Uniforme y decidida. Clavada y asustada.

Se olían las sonrisas. Las ganas codiciadas.
La pasión, la lujuria, el falso encanto.
Todo era muy hipócrita.

Caretas vestidas de corbata, antifaces con tacones.
Burkas fabricados con tres copas de whiskey.
Que no se noten quiénes eran.

Y así fue la fiesta.
A la que nunca asistí.
Mi pala, mi escoba y yo
sacamos y limpiamos de aquel mustio local
todos los corazones rotos,
las pasiones estancadas,
las resacas de cuerpos no conseguidos,
las ganas codiciadas,
el baile que nunca existió.

Pero también me saqué a mí. 
Y también te saqué a ti. Y bailamos.
Con resaca, con ganas, con la pasión estancada, 
con el corazón roto.
Y yo, con el burka tan denso
que no me permitió ni que tu sonrisa 
ni tus palabras, ni tu encanto
ni tu hipocresía
volviera a atravesarme algo más allá de la vista.

Soy esa barrendera
de tu fiesta.
A la que ya,
ni hoy,
ni mañana,
acudo.








miércoles, 14 de enero de 2015

Hay que sincerarse para sentirte libre

No seamos hipócritas y señalemos con el dedo. Todos necesitamos desahogarnos en algún momento de alguna manera para dejar atrás el pasado.

Nunca quise ser la Raquel que soy. Siempre busqué ser esa chica tranquila, a quien todos cae bien, dulce, sin necesidad de depender de nadie, tener una sonrisa siempre en la cara, tener un cuerpo 10 y un pelo envidiable junto con un cutis perfecto. Casi me obligaba a culturizarme de temas que ni me interesaban. Buscaba ser esa chica que siempre tiene una palabra buena en los labios, que hace que la gente cambie, que tolera todo, que lo respeta, que sale a correr en vez de ir de fiesta y que nada mas se centre en su futuro. De las que toma fruta, verdura y bebe mucha agua. Esa chica que no pierde ni un segundo de su tiempo, que adora la soledad y que pase desapercibida. Esa chica que derrocha talento humanitario digno de subir a upsocl.com. Pero NO.

Llevo queriendo ser así casi 6 años de mi vida, y creo que el principal motivo del que no he llegado a lograrlo es que me acompleja ser lo que me hubiera gustado ser. Y el nunca haberlo logrado es la barrera que me lo vuelve a impedir. Es retroactivo.

No quiero que suene a pesimismo, mas bien a lo contrario. Podre suavizar mi caracter de hipopótamo perturbado, pero mi esencia nunca dejara de estar. Nunca seré lo tranquila que quiero, ni la sutileza en la palabra. No me gusta ser espontánea, teniendo diarrea verbal a cada rato. Comerme la cabeza durante días o meses por una palabra que dije a alguien. Pensar como la he cagado tanto. Pensar que no soy suficiente porque en muchas ocasiones no me tratan como el resto o no me toman en serio. Sentir que soy pura demagogia en muchas ocasiones. Empezar cada mañana queriendo cambiar y llevar así mas de 2000 días. Compararme. Salir de clase pensando que la acabo de cagar. Gritar. Hacerme notar. Cuando lo odio. Estar aferrada al móvil porque necesito que llegue un mensaje que mi Raquel aun sensata me grita desde dentro que no va a llegar. Por necesitar tener siempre a alguien. Por pensar que soy super inteligente y que argumento muy bien cuando no. Por contar mi vida sin reparo. Por hacerme la víctima. Depender de las personas porque estar mas de 2 horas sin hablar con nadie puede hacer que explote por todos lados. Sentir que soy la hazmerreír en cupidolandia por creerme las falacias de cualquier tío al que cupido lanza flechas negras. Mirarme al espejo y sentir que quizás deba abandonar en completarme con otra persona porque de la manera que soy nadie va a quererme a su lado. Que me hagan daño. No aceptar la realidad. Mirarme al espejo y menos con gafas, pues con miopía te ves mas guapa. Y nada de mirarme de cerca, sería un suicidio a la autoestima.  A ser muy brusca hablando. A intentar imponerme. A ser fácil de enamorar. A no quererme a mí cuando tenía que hacerlo por encima de ellos. A envidiar, aunque sin mal deseo. A dejar que mis miedos se apoderaran. A quedarme viendo como la gente vive y pensar que algún día yo también podre tener éxito sin dar gongo. A ser desorganizada y no tener voluntad. A castigarme por cosas que se que no tengo culpa. Todo suena negativo, he sido muy negativa, lo sé. Tenía que decirlo en algún momento. Todos deberíamos desahogarnos sin miedo a que nos digan que nos cortemos las venas de la pena que intentamos dar. Pero detrás de todo esto siempre esta lo bueno:

Llevo alrededor de 2000 días cagándola. Una y otra vez. Pero si la cago es porque lo intento. Porque a pesar de todo esto soy esperanzadora, a pesar de todo lo negativo en lo mas fondo de mi, donde muy poca -o casi nadie- gente llega, soy muy optimista, pero bien que necesitamos hacernos la víctima para que nos digan cosas que ya sabemos pero nuestro ego quiere seguir creciendo en ocasiones. Porque me baso en excelsior, todo tiene un lado bueno, y si lo ves así, siempre habrá un día nuevo para empezar a cambiar, una dieta que hacer, un trabajo que empezar o un proyecto que perseguir. Cagarla todo el esto es molesto, pero mi patosidad me da la vida, y el sentirme fracasada me hace sentir viva. Y a eso venimos al mundo. A vivir.

Lo siento a esas personas a que he decepcionado, a las que he dañado o no "he estado a la altura" para que me otorguen su amor o su amistad. Siento no ser una chica 10, ni una novia 10, ni una amiga 10 ni una hija 10. He estado mil veces a punto de perderme, de sentir que no era yo. Pero los días contiguos ocurre algo que me hace saber que la Raquel que nunca se pudrió, la que mantenía su esencia desde los 8 años aun sigue ahí y tiene que haber alguna manera de despertarla. He intentado cambiar tantas cosas que son claramente diferentes a mi que me he perdido, y aun estoy encontrándome, supongo. No se si soy preciosa. No se si soy buena ni inteligente. Ni si quiera se si soy coherente con lo que digo. Pero se que soy algo y eso me contenta.😁💞

Una carta de despedida a esos 6 años y a todos mis complejos, no me tiren piedras. No pongo cosas buenas, que se que las hay, porque es una carta para recordarme en lo que fallo. En lo que he de mejorar sin perder la esencia Raquel🙆. No escribo esto para dar pena, si llegaste hasta aquí es por decisión tuya. Y lo agradezco. Y les invito a hacerlo, porque llegados a estas lineas yo me siento con 10 kg menos. Pero es tan solo una carta para empezar no a dejar de ser yo y a convertirme en una Vanessa Hudgens en High School Musical. Solo matizar y pulir a Raquel. Más independiente, más feliz, más viva. Más como soy cuando todo me sale bien. Va a costar. Pero lo conseguiré. Como por fin hoy he conseguido sincerarme con cosas que me daba miedo aceptar de mi misma.