viernes, 7 de octubre de 2011

Tarde.

Hoy tendría que haber llegado a la hora de siempre.
Pero llegué tarde. 

La pareja, la de siempre, la de la esquina, la que repartían besos y dejaban al aire sonoras y dulces carcajadas, de éstos quedaba únicamente el suave olor a cigarro que ella desprendía al rozar su pelo con el viento en mi dirección.

Tampoco estaba la anciana que tejía el mismo pañuelo rojo de hace, posiblemente, lustros, en aquel banco oxidado y un poco reclinado y mal pintado,- que aunque pueda sonar chabacano, representaba el banco con el que ella creció-, cosía con la dama blanca suspirando sus últimos respiros a su cuello, sintiendo la cálida brisa del adiós.

El reflejo de sombra de aquel árbol se encontraba iluminado por farolas, aquel árbol, donde tú y yo reíamos todas las noches, donde grabamos nuestros nombres, donde éramos tu, yo y el resto del mundo, ¿recuerdas que yo solía ser alguien importante en tu vida?

A aquellos niños con sus cometas, se les había borrado la luz, pero aún se podían ver las cometas volando a sus anchas entre los claros de luna y luminosidad de las estrellas. 

Aquella simpática ardilla que me saludaba todos los días acercándose a por mi paquetito de nueces saladas, en las cual yo le daba una que otra, y ella me hacía un gesto simpático con la cabeza, se había refugiado en la fría y oscura noche en su madriguera. 


Estaba aquella meretriz a la que en el barrio llamaban la 'nocturna' porque sólo salía de noche, siempre con ese corsé tan ajustado y ceñido rojo pasión con esas medias de rejilla junto a esos 'shorts' en los que casi podíamos contemplarle hasta el alma. También estaba aquel hombre corriendo con su perro, que me miraba siempre con una cara entre simpatía y cansancio, mientras el perro tiraba de él como si él le diera el paseo. 

Pero, lo peor de haber llegado tan tarde, es que él agarraba fuertemente la suave mano de aquella chica. Le miraba, con los mismos ojos que a mí solía mirarme, pero sin brillo, apagados. Me miró. Se detuvo el tiempo, una cara que representaba disculpa indiferente, borró emocionalmente nuestros nombres en aquel árbol, donde reíamos, donde éramos él, yo, y el resto del mundo.

Hoy tendría que haber llegado a la hora de siempre.
Pero llegué tarde. 

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