Abrí los ojos. No me esperaba tal panorama, es más, nunca lo había recordado así porque nunca lo había vivido. Millones de bocas galopaban en busca de nuevas noticias dulces y jugosas -aunque amargas para algunos otros tantos- con el fin de saber más de otras vida que de la suyas propias.
Todo estaba absolutamente carbonizado y yo aún podía oler el olor a quemado de muchos y ver también que en algunas regiones aún quedaba un fuego intenso.
Salté un poco más a mi izquierda. Reinaba el silencio. Era lo más que me sorprendía después de ver aquellas inquietantes, activas y parlanchinas bocas. Veía una mujer al fondo, muy pálida, vestida de blanco. Podría confundirse con el sinfín de sus pensamientos, una especie de ola marina llena y llena de sentimiento, extraño, pero podía verla. Me quise acercar a ella, pero sentía como gradas y gradas me abucheaban arropándome hasta la asfixia con el silencio. Un silencio pesado, que a la larga me hizo querer saltar al otro lado.
Al otro lado, estabas tú. Con tu sonrisa de siempre. Con tu cara de siempre y tu felicidad de siempre. Pero no era la chica de siempre ni eras el tú de siempre. ¿En qué te has convertido? Yo te quería a ti, no a eso.
Entonces, volví a mi mullida y humeante nube, elevándome poco a poco y dejándome llevar con el viento, esta vez, a dirección opuesta.
Miré abajo, a la Tierra. 'No sé por qué tenemos miedo a morir, si lo que realmente deberíamos tener miedo es a vivir'. Cerré los ojos. Mire arriba y pensé: ''es mejor, dormir y crear mi simple realidad, que ver la m***** que tienen allá abajo'', aunque mi pensamiento sobre la humanidad será prósperamente hablando positivo.
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