martes, 4 de febrero de 2014

Adagio for Strings

Ella le miró. No hacía falta ni una palabra más... no sabía si sonreír, si plantar un gesto serio con ademán de correr hacia él con motivo de despedida o quedarse enroscada en las manos de esa mujer mientras el humo de la tierra con la fricción del suelo crearía una capa de un adiós quizás infinito... quizás un hasta pronto... En fin... 

Se apiadó de ella la incertidumbre de un destino desconocido, de una última agitación de palma, de una última lágrima que esbozaba, de forma casi discreta, valentía...  

La mujer sí sufría un frenesí; rabia, impotencia, desdicha al destino, despotricaba al cielo, tan fuerte, tan alto, que la misma fuerza omnipotente podría encontrarse escondiéndose de tales fechorías dirigidas a quién sabe. 

Él, desde aquel vehículo... miraba hacia atrás. Sin embargo, no era la cortina de tierra quién le separaba de, para la nación, su infructuoso presente y su quizás encariñado pasado... sino la imagen borrosa que se iba creando cuán más se alejaba esa máquina que le llevaría a un destino clandestino pero con connotaciones óbitas... Acababa de salir y ya sentía el fuego, el dolor al ver caer... ya veía las miradas inocentes y de confusión en los contrarios... ya veía todos los cuerpos desvaneciéndose como si a cámara lenta se tratase... Por ello, decidió no ver más... Sin embargo, esbozó una última sonrisa al secarse las lágrimas y ver, aún en el cristal, la marca de la mano de ella...

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