jueves, 11 de agosto de 2011

Carta.


Carta a Margaret, 11 de enero de 1942.

Puede que esto no sea un sueño. Puede que no sepa lo que vivo, o lo que pienso. Puede ser que esté desagrándome más por dentro que por fuera, y puede que no quiera seguir luchando. 


El hecho de escribir esta epístola para ti, nombra las siguientes razones que te iré contando a continuación. 


Me despediste con lágrimas y besos, y me saludarás entre lágrimas,  que limpien mi conciencia. He venido a cumplir a mi país con el motivo de liberarlo, pero no es todo lo que parece. Aquí, por el gusto de ganar, no hay lugar para el cansancio.


 He bañado mi conciencia con sangre,, miles de millones de lágrimas han caído sobre mi, gritos me atacaban durante toda la puesta de sol, cuerpos que se desplomaban entre hartas súplicas inútiles sobre mis pies, 


No se sabe quién podrá vivir para contarlo, no sabemos el número exacto de víctimas, Me acuerdo cuando te conocí. Llevabas una camisa color pardo, y dos coletas con las que te reconocían a distancia. Yo iba muchas veces a ese lugar tan bonito, de árboles esbeltos, flores, pájaros, sonrisas...Yo te veía muchas veces, pero no llegaba a saludarte. Me abrumaba que te pareciera diferente, extraño. Pero recuerdo ese siete de septiembre, que me decidí que tenía que conocerte. Tú, corriste hacia mi y me diste un abrazo, diciendo que si quería jugar contigo. Jugamos a soldados y a trincheras. La infancia es un recorrido simple y sencillo en el camino de la vida en el que todo es inocencia. Pero hoy el juego es real. 


No puedes saber lo que duele ahora mismo no tenerte aquí. Justo hace hoy un año. Caían sobre ti gotas de lluvia que, ahora al caer, reviven tristezas en mi corazón, ya que bajo ellas te fuiste un día. Ser el único que estaba allí, gritar al cielo tu nombre, y no saber si fue el diluvio, o mis lágrimas las que empañaron mis ojos. El único que tiró aquella rosa encima de ti, que recuerdo que siempre traías una a casa cada domingo. Decías que era el símbolo de la alegría y del amor. y que querías subir arriba con ella.




Quiero morir, estoy harto de esta guerra. Ya no es el hecho de liberar mi país. Inocencias van contigo cada día. A nadie le importa ya el patriotismo. Muchos tiene hijos, y desean volver cuanto antes a verles. A mi allá, ya no me queda nada. La muerte me echa su aliento en mi oreja, puedo oírla, puedo sentirla. Estoy sentado junto a ti, y junto a un viejo fusil, que, detrás de cada grieta o daño, hay una historia, una anécdota. Es mi única compañía. No quedan amigos, quedan camaradas. No me queda nada.


Cariño, moriré con esta carta en mis manos, la llevaré en el pecho, junto con una rosa roja, roja fuerte, roja tú. 


Si te vuelvo a escribir, quizás lo haga desde el cielo, jugaré contigo a soldados y a trincheras, y con nuestras lágrimas, limpiaremos todas esas conciencias y gritos.

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