lunes, 21 de noviembre de 2011

Querido soñador

Abriste la ventana. La suave brisa de la noche golpeaba cada susurro de tu pensamiento, que arropado a la profundidad de ésta, creaba monótonos sonidos que ni un colibrí raudaz podría captar. No se veía mucho más allá del mar. Un filo, azul oscuro. Aunque parece que el cielo es infinito, y se haya tragado el mar, yo sé que aún está ahí. Tú siempre me decías que querías traerme el mismo horizonte, que querías transformar el mundo en una mermelada y comértelo, ya que yo te decía que era imposible comerse el mundo rendido a mi seriedad; a ti, eso te daba aún mas ilusiones, metas y sueños. Cuando hacíamos las paces después de discusiones, me decías que no podrías vivir sin mí, que yo era tu inspiración a sueños que yo daba a entender imposibles. Y eso a ti, te enamoraba.


Querías hacer tantas cosas... y todo, para verme feliz. Querías reír conmigo en todo momento. Aunque yo llegase al mismo tiempo que el sol, tú parecías que llevabas despierto toda la noche, leyendo aquel libro, mmm... no recuerdo muy bien el nombre, solo sé que te encantaba. 


Una vez me llevaste a la alta montaña en las lágrimas de San Lorenzo. Recuerdo que aunque era de noche, se podía apreciar el mar de nubes. Entonces me señalaste aquella maravilla. Me cogiste de bajo pecho, te enganchaste a mi junto a una mochila, y volamos. Sentía como las nubes volaban a sus anchas traviesas entre los bucles de mi pelo. Sentía a las estrellas fugaces tan cerca, que podría decirse que confundí tu aliento con una. Volábamos a nuestras anchas. Eras el típico aventurero, explorador. Aventurabas desde el cielo hasta mi. 


Otra vez, me desperté en un avión. Tú estabas a mi lado, con la mejor sonrisa de todas. En el avión sólo estábamos tú, yo y el piloto, -esperaba-. Era nuestro aniversario y querías que todo fuese como empezó. En el amanecer. Estábamos sobrevolando Singapur, amaneciendo. El sol era tan inmenso, que secaba mis lágrimas, en las que representaba todo lo que sentía. Tú me dijiste que no llorase, que se me escapaba mi amor por ti en ellas. Invertiste un montón de dinero en mi, pero te daba igual. Sinceramente, tú eres el mayor  oro que yo haya podido invertir en mi vida. Aunque me hubiese bastado un simple te quiero, tú, me lo decías, pero a parte, lo demostrabas.


Pero, esperándome para que te acompañara a la aventura que serían tus sueños, cogías aquel whiskey del 86... ¡Oh! ¡Aquel whiskey! ¡La de noches que nos dio! Me llevaste tan alto, tan alto. Que casi podía tocar tus mismísimos sueños. 

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